Análisis

Encontrarse frente a una obra de las realizadas por MaRo causa hoy un sentimiento de extrañeza. La doble representación de los espacios. Un cuadro dentro de otro cuadro, ejercen un juego visual con el espectador. Lo totalmente opuesto entre ambos dificulta su aprehensión, optando por la solución fácil, hay ahí un paisaje, un paisaje pequeño, o en el mejor de los casos una miniatura.

Ciertamente, la pintora nos muestra una serie de miniaturas herederas de la tradición que caracterizó estos trabajos, respetan la escala de lo representado, son realizadas con un cuidado técnico que nos lleva a imaginar la destreza que se requiere al usar los pinceles ultrafinos, los aumentos de relojero para conseguir el detalle y la espera de la luz adecuada para no distorsionar los efectos deseados. Un trabajo limpio, nítido. Esta nitidez y limpieza son cualidades también del otro cuadro, el blanco, una abstracción total, referencia inmediata, Malevich a principios del siglo XX. Si nos concentramos en éste no tenemos ningún referente del mundo objetivo. El blanco simboliza, representa, la búsqueda existencial, espiritual, la meditación sobre la infinitud.

Dos universos en un lienzo. Fuerzas opuestas, contracción y expansión. Al cerrarse el blanco sobre el paisaje, sólo habitará la luz, retorno al inicio, reinará el vacío, el silencio, lo eterno. En potencia inversa, cuando la mirada penetra el paisaje miniatura, la naturaleza se impone, universo de colores, formas, sonidos.

Los lienzos pintados por MaRo poseen valores que cuando hoy se nombran se tienen por anacrónicos, armonía, delicadeza, proporción, belleza. En la vida y en la estética actual parecieran ya no tener un lugar. Hoy ya no nos preguntamos por la coherencia, por el sentido, asumimos el sin sentido, el caos, la pluralidad, la competencia. En el arte actual se premian las más osadas innovaciones, los más arriesgados experimentos. En nuestra época “exitada”, llena de fluctuaciones, de turbulencias, poblada de imágenes “reales” y virtuales, fragmentadas y complejas, el individuo se pierde en el laberinto “rizomático”, sin certezas, sin verdades únicas. Los paisajes que MaRo nos presenta nos conducen a la Arcadia de Poussin, nos previenen contra nuestro necio anhelo de riquezas a expensas de los valores substanciales de la vida, placeres efímeros que prontamente tenderán a extinguirse, El hermoso principio de todo final, 2002, A la espera de un nuevo principio, 2002.

La obras de arte contienen en sí mismas una metáfora, eso las diferencia de la mera representación. Que el artista consiga generarla, sea de forma conciente o ingenuamente, quizá no cambié el estatuto de la obra, sin embargo, sí induce la experiencia estética, conjunción de lo sensible y lo inteligible. Las pinturas de MaRo se alejan de muchas de las obras contemporáneas que están transidas de temporalidad, que nos confrontan con nuestro caótico e inaprensible presente. Sus lienzos evocan valores “universales”, un dejo de nostalgia por el paraíso perdido y la posibilidad de recuperarlo.


Esther Alicia Leal Farías

Mayo 2002